Mostrando entradas con la etiqueta Salta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salta. Mostrar todas las entradas

Paisajes humanos

Noruego en San Isidro (Salta)
El hecho de empezar a viajar hace que conozcamos personas distintas. No sé si la disposición del viaje o la disposición de una, hace que estos encuentros estén fuera de la inminencia de las obligaciones o el estrés y por eso hay más apertura para conocer más del mundo. Fuera de los paisajes —que modifican radicalmente nuestra visión de la geografía—, las personas son una paleta de culturas que generan exactamente el mismo efecto. ¿Qué quiero decir? Que las conversaciones empiezan intercambiando datos y esas cosas: cómo llego a tal lugar, dónde se puede comer, o de dónde son, cuántos días viajan, a dónde van a ir, lo que sea. Pero en estas respuestas, se entrevé parte del mundo que habitan en coexistencia conmigo, pero que son mundos radicalmente distintos. Se trate de viajeros o lugareños, son tan fascinantes como los paisajes en sí.

Colla a la entrada de Iruya (Salta)
Siempre que vuelvo de un viaje miro las fotografías y recuerdo los lugares o la aventura. A las personas las traigo grabadas en el alma. Se dice que nuestros ojos son las ventanas del alma. Se me ocurre que las personas entonces, somos las ventanas del mundo.

Policías y ladrones

Estando con unos amigos en San Salvador de Jujuy, nos encontramos con que la camioneta en la que habíamos llegado y que habíamos dejado estacionada para ir a cenar, tenía un vidrio roto. Faltaban un par de bolsas de dormir, carpas, un aislante de última generación, la caja de herramientas, un skate callejero y una mochila que me habían prestado para hacer el trekking desde Iruya a San Isidro, que estaba vacía y a la que yo le había metido unos libros que había comprado el día anterior. Lo curioso del asunto es que apenas segundos antes, unos policías habían visto pasar a unas personas con equipo de acampar. Les resultó sospechoso el equipaje y la ropa que llevaban y el hecho de que hubiesen tirado unos libros en medio de la calle sin detenerse a levantarlos. Se les ocurrió pensar que habrían robado algo y caminaron hasta el hostel y se encontraron con el vidrio roto de la camioneta y con nosotros que estábamos llegando. Claro, ni se les ocurrió detenerlos un momento, qué se yo, ¿in fraganti?
Y sí, les robaron, nos dijeron. Se fueron por aquel lado, donde hay un barrio en el que no los van a encontrar nunca, nos informaron. Nos pidieron que inventariáramos lo que faltaba y así lo hicimos, pero ellos tomaron los datos y sí, ya podíamos sacar los vidrios de la calle y que elevarían lo que había pasado a quien correspondiese (sic). Ante la falta de respuestas, seguimos hasta Humahuaca y luego tomamos el colectivo local hasta Iruya para hacer el trekking, razón principal de nuestra incursión por esas altitudes.
Pero la historia no terminó ahí porque cuando volvimos a la capital, tres o cuatro días después, Marcelo, el dueño de la camioneta, fue hasta la comisaría a preguntar si habían recuperado algo y quedó detenido por sospechoso. El motivo fue que alguien había roto un cajero y la inteligencia jujeña asoció el resentimiento de Marcelo por el robo de las cosas de la camioneta, con el ataque a pedradas al cajero y la sustracción de unos creo que quince mil pesos. Lo trajeron detenido hasta el hostel y nos hicieron testificar que en verdad habíamos estado en Iruya, preguntándonos, incrédulos, cómo habíamos subido a la altura de 4000 mts. sobre el nivel del mar, con un vidrio roto. En fin. A las cosas, jamás las recuperamos y a nosotros, nos pidieron las direcciones como certificación de que lo que decíamos era verdad (no tengo idea qué relación habrá entre una cosa y otra, yo creía que era el documento el que certificaba quién era una, ¿vio?). Así que al parecer, mi domicilio al igual que el de los demás, estuvo involucrado en un robo.
Retomamos la ruta. Se me ocurre pensar que sí, que yo tal vez sí haya robado algo, porque ahora que lo estoy escribiendo me doy cuenta de que nunca le devolví la mochila a Enrique.  Y los libros: los libros descansan sobre un estante, sin recordar nada de lo ocurrido.